Mostrando las entradas con la etiqueta Buenas compañías / Good companies. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Buenas compañías / Good companies. Mostrar todas las entradas

17.4.09

Creditos / Credits

Amerika
nach Franz Kafka
Bühnenfassung von Alejandro Tantanian & Miriam Teßmar


Karl 1, Peter Pearce
Peter Pearce


Karl 2, Diego Velázquez
Diego Velázquez

Johanna Brummer, Klara 2, Therese, Silja von Kriegstein
Silja von Kriegstein

Karls Mutter, Oberköchin, Thereses Mutter, Brunelda, Ragna Pitoll
Ragna Pitoll

Karls Vater, Onkel Jakob, Oberportier, Michael Fuchs
Michael Fuchs

Klara 1, Robinson, Oberkellner 1, K., Thorsten Danner
Thorsten Danner

Delamarche, Oberkellner 2, Tim Egloff
Tim Egloff


Regie
Alejandro Tantanian

Bühne und Kostüme
Oria Puppo

Video
Marc Reisner

Licht
Wolfgang Schade

Choreographie und Tanztraining
Diego Velázquez

Dramaturgie
Miriam Teßmar

Songs ausgewählt von
Thorsten Danner, Tim Egloff, Michael Fuchs, Silja von Kriegstein, Peter Pearce, Ragna Pitoll, Alejandro Tantanian und Diego Velázquez

Produktionsleitung
Emanuel Rieck

Regieassistenz
Boris C. Motzki


Bühnenbildassistenz
Nora Müller

Kostümbildassistenz
Janine Werthmann

Inspizienz
Richard Albrecht

Souffleuse
Ulrike Klein

Regiehospitanz
Karien Weber

Kostümbildhospitanz
Sahar Rashidian

Dramaturgiehospitanz
Caroline Gutheil

Die Ausstattung wurde in den Werkstätten des Nationaltheaters hergestellt.


Aufführungsdauer: ca. 1 ½ Stunden, keine Pause
Premiere: 25. April 2009 im Schauspielhaus

Mit freundlicher Unterstützung der Akademie Schloss Solitude
Ein herzlicher Dank geht an Ernesto Donegana & Herbert Fuchs

30.11.08

Tarkovski

(…) Sus actos permanecen sin porqué. Categoría esta, el ohne Warum, que ocupaba el centro de la obra de místicos como Eckhart o Silesius(1), en los que la mística era también y de forma preponderante, una forma argumental, un hacer el vacío en el relato. No una actitud existencial, sino un proceder metódico de exégesis. Recordemos cómo Eckhart construía sus sermones siempre en torno a una cita extraída de las Sagradas Escrituras y su propia escritura era un rondar ese fragmento, lo que se adivinaba como una glosa potencialmente infinita. Capacidad de hacer el vacío, de ausentar el por qué, de ausentar las razones, que practicaron, por ejemplo Bresson y Tarkovski.

Pilar Carrera, Andrei Tarkovski. La imagen total, FCE, pp. 40 y 41

(1) La rosa es sin por qué / florece porque florece. Ángelus Silesius

(…) Its acts remain without reason. This category: the ohne Warum, that occupied the center of the work of mystics as Eckhart or Silesius(1), in which the mystic was also a predominant form (...) Not an existential attitude, but a methodical procedure of exegesis. We recall how Eckhart built its sermons always around a quotation extracted from the Bible and its own writing was to surround that quotation like a potentially infinite gloss. The capacity for emptiness, to hide the "why", the reasons: pratics practiced by - for example - Bresson and Tarkovski.

(1) The rose has no because / it blooms beacuse it blooms. Ángelus Silesius

Benjamin, otra vez / Benjamin again

Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja sin pausa hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

Walter Benjamin, IX tesis de Filosofía de la Historia

Paul Klee, Angelus Novus

A Klee painting named ‘Angelus Novus’ shows an angel looking as though he is about to move away from something he is fixedly contemplating. His eyes are staring, his mouth is open, his wings are spread. This is how one pictures the angel of history. His face is turned toward the past. Where we perceive a chain of events, he sees one single catastrophe which keeps piling wreckage and hurls it in front of his feet. The angel would like to stay, awaken the dead, and make whole what has been smashed. But a storm is blowing in from Paradise; it has got caught in his wings with such a violence that the angel can no longer close them. The storm irresistibly propels him into the future to which his back is turned, while the pile of debris before him grows skyward. This storm is what we call progress.

Walter Benjamin, IX thesis of Philosophy of History

Saunterer

Quiero decir unas palabras a favor de la Naturaleza, de la libertad total y el estado salvaje, en contraposición a una libertad y a una cultura simplemente civiles; considerar al hombre como habitante o parte constitutiva de la Naturaleza, más que como miembro de la sociedad. Desearía hacer una declaración radical, si se me permite el énfasis, porque ya hay suficientes campeones de la civilización; el clérigo, el consejo escolar y cada uno de vosotros os encargaréis de defenderla.

En el curso de mi vida me he encontrado sólo con una o dos personas que comprendiesen el arte de Caminar, esto es, andar a pie, que tuvieran el don, por expresarlo así, de sauntering: término de hermosa etimología, que proviene de “persona ociosa que vagaba en la Edad Media por el campo y pedía limosna so pretexto de encaminarse á la Sainte Terre”, a Tierra Santa; de tanto oírselo, los niños gritaban: “Va a Sainte Terre”: de ahí, saunterer, peregrino. Quienes en su caminar nunca se dirigen a Tierra Santa, como aparentan, serán, en efecto, meros holgazanes, simples vagos; pero los que se encaminan allí son saunterers en el buen sentido del término, el que yo le doy.

Henry David Thoreau, Caminar, Madrid, Árdora, 2001, pp. 7 y 8.

Henry David Thoreau

I want to say some words in favor of Nature, of the total liberty and the wild state, in comparison to a liberty and to a simply civil culture; to consider the man as the inhabitant of Nature, more than like a member of society. I would desire to do a radical statement, if the emphasis is permitted to me, because there are already enough champions of the civilization; the clergyman, the school counsel and each one of you will take charge of defending it.

In the course of my life I have met only with one or two people that do understand the art of Walking; I mean: to walk by foot. One or two people that had the gift of sauntering: term of beautiful etymology: "idle person that wandered in the Middle Ages by the field and asked charity in order to go to the Sainte Terre" - Holy Land -. By saying this so many times the Children shouted to them: "They go to Sainte Terre": and from here arrives saunterer, wandering. Those who in their walk never are directed to Holy Land, like they pretend, they will be, in fact, mere idlers, simple vague; but the ones that are directed to Holy Land there they are saunterers in the good sense of the term, the one that I give him.

Henry David Thoreau, Walking

Potemkin

Se cuenta que Potemkin sufría de depresiones que se repetían de forma más o menos regular, y durante las cuales nadie podía acercársele; el acceso a su habitación estaba rigurosamente vedado. En la Corte esta afección jamás se mencionaba, sabido como era, que toda alusión al tema acarreaba la pérdida del favor de la emperatriz Catalina. Una de estas depresiones del canciller tuvo una duración particularmente prolongada y causó graves inconvenientes. Las actas se apilaban en los registros y la resolución de estos asuntos, imposible sin la firma de Potemkin, exigieron la atención de la Zarina misma. Los altos funcionarios no veían remedio a la situación. Fue entonces que Shuwalkin, un pequeño e insignificante asistente, coincidió en la antesala del palacio de la cancillería con los consejeros de estado que, como ya era habitual, intercambiaban gemidos y quejas. «¿Qué acontece? ¿Qué puedo hacer para asistiros, Excelencias?» preguntó el servicial Shuwalkin. Se le explicó lo sucedido y se lamentaron por no estar en condiciones de requerir sus servicios. «Si es así, Señorías», respondió Shuwalkin, «confiadme las actas, os lo ruego». Los consejeros de estado, que no tenían nada que perder, se dejaron convencer y Shuwalkin, el paquete de actas bajo el brazo, se lanzó a lo largo de corredores y galerías hasta llegar ante los aposentos de Potemkin. Sin golpear y sin dudarlo siquiera, accionó el pestillo y descubrió que la puerta no estaba cerrada con llave. Al penetrar vio a Potemkin sentado sobre la cama entre tinieblas, envuelto en una raída bata de cama y comiéndose las uñas. Shuwalkin se dirigió al escritorio, cargó una pluma y sin perder tiempo la puso en la mano de Potemkin mientras colocaba un primer acta sobre su regazo. Potemkin, como dormido y después de echar un vistazo ausente sobre el intruso, estampó la firma, y luego otra sobre el próximo documento, y otra... Cuando todas las actas fueron así atendidas, Shuwalkin cerró el portafolio, lo echó bajo el brazo y salió sin más, tal como había venido. Con las actas en bandolera hizo su entrada triunfal en la antesala. Los consejeros de estado se abalanzaron sobre él, le arrancaron los papeles de las manos y se inclinaron sobre ellos con la respiración en vilo. Nadie habló; el grupo se quedó de una pieza. Shuwalkin se les acercó nuevamente para interesarse servicialmente por el motivo de la consternación de los señores. Fue entonces que su mirada cayó sobre la firma. Todas las actas estaban firmadas Shuwalkin, Shuwalkin, Shuwalkin...

Esta historia es como un heraldo que irrumpe con doscientos años de antelación en la obra de Kafka. El acertijo que alberga es el de Kafka. El mundo de las cancillerías y registros, de las gastadas y enmohecidas cámaras, ése es el mundo de Kafka. El servicial Shuwalkin que se toma todo a la ligera para quedarse luego con las manos vacías, es el K. de Kafka. Pero Potemkin, que vegeta en su habitación apartada y de acceso prohibido, adormilado y desamparado, es un antepasado de esos depositarios de poder que en Kafka habitan, en buhardillas si son jueces, o en castillos si son secretarios. Y aunque sus posiciones sean las más altas, están hundidos o hundiéndose, aunque todavía pueden, así, de pronto, emerger espontáneamente en todo su poderío precisamente en los más bajos y degenerados personajes, en los porteros y ancianos y endebles funcionarios. (…)

Benjamin, Walter. Kafka.

3.9.08

Kafka va al cine / Kafka goes to the movies

"Los espectadores se quedan petrificados cuando pasa el tren". Esta frase algo enigmática inauguró alguno de los diarios de Franz Kafka, allá por 1909, y ahora Hanns Zischler, un conocido actor alemán, la recupera en Kafka va al cine (Editorial Minúscula), un libro fascinante que bucea en los diarios íntimos del escritor checo y rastrea todas sus notas e impresiones como espectador de cine.

La anotación de Kafka suena como un eco lejano, como una reminiscencia literaturizable de aquellas primeras décimas de segundo del big bang cinematográfico. En ella se revela ya el problema con el que a partir de ahora se verá confrontado el escritor del diario y el espectador de cine: ¿qué puede fijarse bajo el aluvión de imágenes y cómo fijar 'eso'? Este es un problema para la percepción, cada vez más trastocada, menos en un sentido físico que literario. Todo el espectro de los pequeños trances de quien va al cine, el llanto, la distracción, el entretenimiento sin límite, son las huellas afectivas y las resonancias de imágenes que Kafka, sólo de manera muy esporádica, trasladó a su escritura como una descripción de imágenes.

Los escritores siempre han mantenido curiosas relaciones con el cine. Muchos lo usan como fuente de inspiración mientras que otros reniegan de él. Hoy día el lenguaje del cine está tan asimilado por todos que incluso un escritor prestigioso como Murakami no duda en reconocer las películas que inspiran muchos de los pasajes de sus novelas. ¿Pero qué pasó al principio? ¿Cuáles fueron las primeras reacciones de los escritores ante el descubrimiento de este nuevo arte de contar historias? Lo interesante del caso de Kafka es que, al mismo tiempo que el cine daba sus primeros pasos, él empezaba a formarse como escritor.

Los ratos libres que podía sacar entre la rutina del trabajo y las horas consagradas a la escritura eran pocos; aún así, en sus diarios quedan registradas salidas constantes que aprovechaba para refugiarse en alguna de las salas que empezaban a proliferar en Praga. Sus anotaciones sobre películas son siempre lacónicas y más bien descriptivas, pero trazan un punto de vista único y original sobre la evolución del cine en sus dos primeras décadas.

Después, Kafka se debió sentir algo decepcionado, y cuando su amigo Gustav Janouch le preguntó por el invento, le soltó la siguiente reflexión: "Es cierto que es un juguete extraordinario, pero yo no lo resisto, tal vez porque tengo una predisposición demasiado óptica. Soy un hombre visual. En cambio, el cine impide la mirada. La fugacidad de los movimientos y el rápido cambio de imágenes nos fuerzan constantemente a echar un simple vistazo. No es la mirada la que se apodera de las imágenes, sino que son éstas las que se apoderan de la mirada. Inundan la conciencia. El cine supone ponerle un uniforme a un ojo que hasta entonces había ido desnudo."

Fragmento del libro de Hanns Zischler, Kafka va al cine, Ediciones Minúscula.

26.7.08

El silencio de las sirenas / The silence of the sirens

Prueba de que también medios insuficientes y hasta pueriles puedan servir para la salvación:
para guardarse de las sirenas, Ulises se tapó los oídos con cera y se hizo encadenar al mástil. Algo semejante podrían, naturalmente, haber hecho desde tiempo antiguo los viajeros, con excepción de aquellos a quienes las sirenas atraían desde lejos, pero en el mundo se reconocía que ese recurso no podía servir para nada. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, y la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Pero Ulises no pensó en ello, si bien quizá algo habría llegado ya a sus oídos. Confiaba por completo en los trocitos de cera y en la atadura de las cadenas y con la inocente alegría que le ocasionaba su estratagema marchó al encuentro de las sirenas.
Pero éstas tienen un arma más terrible aún que el canto: su silencio.
Aunque no ha sucedido, es quizá imaginable la posibilidad de que alguien se haya salvado de su canto, pero de su silencio ciertamente no. Ningún poder terreno puede resistir a la soberbia arrolladora generada por el sentimiento de haberlas vencido con las propias fuerzas.
Y, en efecto, al llegar Ulises, no cantaron las cantantes poderosas; fuera porque creyesen que a aquel adversario sólo podía vencérselo con el silencio, o porque la contemplación de la felicidad reflejada en el rostro de Ulises, que no pensaba sino en cera y cadenas, les hiciera olvidar todo canto.
Pero Ulises, para expresarlo así, no oía su silencio, creía que cantaban y que sólo él se hallaba exento de oírlas. Fugazmente vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos arrasados en lágrimas, los labios entreabiertos, pero creyó que esto pertenecía a las melodías que se alzaban, inaudibles, en torno de él. Mas pronto todo se deslizó fuera del campo de sus miradas puestas en la lejanía, las sirenas desaparecieron ante su resolución, y, precisamente cuando mas próximo estaba, ya no supo de esos seres nada más.
Ellas , empero –mas hermosas que nunca-, se erguían y contoneaban, las chorreantes cabelleras ondulando libremente al viento y las garras abiertas sobre las rocas. No querían ya seducir, sino solo apresar, mientras fuese posible, el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
De haber tenido conciencia, las sirenas habrían sido destruidas aquel día. Pero allí quedaron y sólo ocurrió que Ulises escapó de entre sus manos.
Aquí, por lo demás, se transmitido un agregado. Se dice que Ulises era tan rico en astucias, y tan zorruno, que las mismas deidades del destino no podían penetrar en lo más íntimo de su fuero interno. Aunque ello no sea ya concebible para el entendimiento humano, quiza noto realmente que las sirenas callaron, y opuso a sirenas y dioses, en cierta manera como escudo, el simulacro mencionado más arriba.

Franz Kafka



Proof that inadequate, even childish measures, may serve to rescue one from peril. To protect himself from the Sirens Ulysses stopped his ears with wax and had himself bound to the mast of his ship. Naturally any and every traveller before him could have done the same, except those whom the Sirens allured even from a great distance; but it was known to all the world that such things were of no help whatever. The song of the Sirens could pierce through everything, and the longing of those they seduced would have broken far stronger bonds than chains and masts. But Ulysses did not think of that, although he had probably heard of it. He trusted absolutely to his handful of wax and his fathom of chain, and in innocent elation over his
little stratagem sailed out to meet the Sirens.
Now the Sirens have a still more fatal weapon than their song, namely their silence. And though admittedly such a thing has never happened, still it is conceivable that someone might possibly have escaped from their singing; but from their silence certainly never. Against the feeling of having triumphed over them by one's own strength, and the consequent exaltation that bears down everything before it, no earthly powers could have remained intact.
And when Ulysses approached them the potent songstresses actually did not sing, whether because they thought that this enemy could be vanquished only by their silence, or because of the look of bliss on the face of Ulysses, who was thinking of nothing but his wax and his chains, made them forget their singing.
But Ulysses, if one may so express it, did not hear their silence; he thought they were singing and that he alone did not hear them. For a fleeting moment he saw their throats rising and falling, their breasts lifting, their eyes filled with tears, their lips half-parted, but believed that these were accompaniments to the airs which died unheard around him.
Soon, however, all this faded from his sight as he fixed his gaze on the distance, the Sirens literally vanished before his resolution, and at the very moment when they were nearest to him he knew of them no longer.
But they - lovelier than ever - stretched their necks and turned, let their cold hair flutter free in the wind, and forgetting everything clung with their claws to the rocks. They no longer had any desire to allure; all that they wanted was to hold as long as they could the radiance that fell from Ulysses' great eyes.
If the Sirens had posessed consciousness they would have been annihilatedat that moment. But they remained as they had been; all that had happenedwas that Ulysses had escaped them.
A codicil to the foregoing has also been handed down. Ulysses, it is said, was so full of guile, was such a fox, that not even the goddess of fate could pierce his armor. Perhaps he had really noticed, although here the human understanding is beyond its depths, that the Sirens were silent, and opposed the afore-mentioned pretense to them and the gods merely as a sort of shield.

Franz Kafka

Kafka & Benjamin

Cliquear sobre el título del post para ir al artículo. / Click on the post's title to read the article (in spanish).